Podría ser peor; aún no se cumple el año exacto desde mi última crónica. Con la sensación de tener casi el mismo número de excusas como de días, pero bueno, por aquí continuamos. A ver si en esta ocasión con algo más de regularidad.
Ofrecer un resumen de las cenas buitakas 2.014 se ha convertido en una ardua tarea, para qué engañarnos. Dada mi consabida facilidad para olvidarme de todos los pequeños detalles con el tiempo (y los que no son pequeños. Y aunque no pase mucho tiempo...), no me queda sino agradecer que en las propiedades de cada fotografía aparezca la fecha en la que se realizaron y poder resolver este enorme rompecabezas. Usar el Whatsapp de forma cronológica para relacionar meses con restaurantes también ayuda lo suyo, pero es un ejercicio agotador; hay que joderse, en un grupo que se crea para quedar y comentar las jornadas gastronómicas los temas más variopintos que se pueden tratar. Termina uno con un par de dedos a los que sería imposible tomarles las huellas dactilares. Ahora entiendo ciertas afirmaciones alarmistas sobre aquello de que el pulgar humano sufrirá una evolución con las nuevas tecnologías y sus pantallas táctiles, de hecho, cuando vuelva a cortarme las uñas ya no sé si usaré tijeras o tendré que bajarme alguna aplicación.
Las celebraciones de cada primer martes de mes, que en varias oportunidades fueron a finales y el día de la semana que nos dio la gana. Buitakos, ese pueblo libre y anárquico. 12 meses, 11 cenas. Porque hasta hubo una que nos la saltamos a la torera.
Un año conflictivo. Cada vez parecía más difícil acordar el día que viniera mejor a todos, por causas mayores de toda índole: trabajo, cumpleaños, conciertos, visitas a hospitales, reuniones de vecinos...
Si, si, lo he apuntado bien, Topo Indeciso alegó una reunión de vecinos para cambiar una fecha. No tiene perdón de Mañitú. Lo de la visita a hospitales como excusa para cancelación de cena bien pudo haberse compaginado también con esa otra circunstancia...
Trataré de aportar mis vagos recuerdos de cada garito y no exprimirme la sesera en describir lo que cenamos. Poco menos que cada instantánea para mí, ahora, es como contemplar arte. ¿Qué te sugiere esta fotografía? Memoria cubista plasmada sobre lienzos inacabados...
Era Marzo. Brazos en Alto como Maestro de Ceremonias nos descubrió este gran lugar. "La pequeña Europa":
En pleno barrio de La Magdalena. Establecimiento
regentado por una moza alemana. Salchichas de todas clases y tamaños,
chucrut, hamburguesas, fondue y otras delicias. Creo recordar que estaba bien de
precio... El único inconveniente es su espacio tan limitado; sólo
dispone de 3 ó 4 mesas y hay que reservar con antelación.
En el apartado de licores destaca por su variedad. Puedes visitar toda Europa a base de chupitos. Mención especial para el
Goldwasser de Danzig, un aguardiente alemán con virutas de oro. Nunca tuvo más significado la expresión "lingotazo". Estaba rico y disfrutabas como un enano removiendo las partículas.
Al mes siguiente tocó el "Café del Marqués". Pagaba Llama Eterna.
Lo recuerdo como uno de esos sitios que te sorprenden con su cocina porque esperabas mucho menos al entrar. Que si observas el toldo desde la calle quizá pienses que sólo ofrezcan churros hasta las 12 y torreznos y tortilla de patata después.
Pero no...
Un sitio muy "apañadico". Éste lo recuerdo algo caro, pero quizá sea una mala pasada de mi terrible memoria.
Fueron meses agitados. Yo me encontraba trabajando en Barcelona entresemana y concretar fechas para cenas era muy arriesgado. Llegué a sentirme como una propaganda de circo con mis anuncios: "Chavales, ya estoy en Zaragoza. Y puede que me quede durante 2 semanas más". En esa ocasión me decanté por el "Asadorada". Con la cena de empresa de la pasada Navidad ya es la cuarta vez que les visito y nunca defrauda. Gran cantidad de platos donde elegir y una bodega tremenda.
Veo que me va a quedar un post bastante inusual, con más platos que en un campo de tiro y escuetas descripciones. Pero bueno, todo sea por no alargarme demasiado (claro, claro...). Si al menos hubiese recopilado las facturas de cada sitio... En 2.015 ya haré mejor los deberes.
Fue una apacible noche de domingo de Junio -para algunos, yo estaba de jodida resaca- cuando Topo Indeciso nos llevó a "La Reserva".
Mala memoria y resaca de cien pares de narices, ¿Qué esperar? Espantosa combinación. Está en la calle Cadiz, y cenamos chuletón a la piedra porque así lo demuestran las fotografías.
Pasemos a la siguiente.
Llama Eterna nos citó en "El Allar". El garito se lo buscó Brazos en Alto porque el otro no tuvo tiempo para tal fin. Milagrosamente dispongo de dos fotos, pero desconozco totalmente qué cenamos aparte de la ensalada de ventresca, el pan con tomate y el plato de embutidos fríos. Me quiere sonar que pedí de carne presa ibérica. Pero vamos, que alguien me dice bacalao y diré bacalao...
Llegamos a recuerdos más recientes con el final del verano. "La Farándula", elección de Brazos en Alto.
Siendo tan tradicional como soy, los lugares cool, chic o fashion me horrorizan. Supongo que mantengo con ellos un sentimiento recíproco. Apréciese que uso el verbo horrorizar porque me parece de lo más píjamente oportuno, y algo así me imaginaba con éste garito pero no, a veces es malo generarse ideas preconcebidas. A todo hay que darle una oportunidad y si nos ha gustado, nada como decir después que esto o aquello era divino de la muerte...
El menú creo recordar que salía por un pico elegante, así que cogímos la opción más asequible del menú cerrado degustación de 30 euros por persona.
Es inevitable no ilustrarlo con el mensaje de whatsapp de nuestro Maestro de Ceremonias:
Aperitivo- Calabacín con queso.
Ensalada templada de pollo confitado.
Bacalao crujiente.
Entrecote "nosequé" (no he oído bien).
Postre, agua y vino.
No es uno de esos restaurantes al alcance de todos los bolsillos pero si por supuesto recomendable. Cada detalle siempre suma, y además de lo bien que cenamos merece un reconocimiento el trato de su personal, que igual te preguntan si el plato ha sido de tu gusto que se ofrecen para tomarte una foto.
La terraza para tomar luego el café es un sitio molón en un espacio tan egoístamente urbanita (no sé cómo no me dedico a la novela con semejantes dotes descriptivas).
En Octubre me tocó a mí aflojar la cartera. Y como fuímos al garito del colega Castillo pues imagino que tampoco puedo ser muy imparcial.
Aquí nació un nuevo concepto gastronómico que imperaría en las siguientes 4 cenas. La observación exacta de mis compañeros fue; "Cabrón, que cambiamos los manteles por el tapeo".
Dicho y hecho.
Opiniones para todos los gustos. El "Viva Zatapa" es un sitio para veganos, pero mucho más elaborado que los otros garitos de esta ciudad en su categoría (¿debería llamarlos del mismo ramo?). Yo que puedo aportar... Preferí esa cena a la experiencia del Baobad y su numerito del huevo frito con sabor a plastilina, o del "Raíces", que sin ser propiamente un vegetariano, me dejó la sensación de haber cenado lo que anunciaba su letrero junto a alguna que otra corteza de árbol.
Todo bien y correcto aquella noche, desde el enfoque del carnívoro acérrimo de alguien como yo, claro está. No me sentó mal la comida pero hubo a quien si. El whatsapp al día siguiente parecía una letanía pagana maldiciendo al Dios humus y a todos sus discípulos.
Noviembre. Topo Indeciso nos llevó a "La Pérgola".
Si nos ceñimos a la poca información del bar en Internet, parece que se tratara de un sitio clandestino. Con decir que la foto de la fachada la he tenido que sacar del Street View de Google...
Garito de barrio de los de toda la vida.
Poca historia, comida correcta y camareras guapas.
La opción "tapeo" es lo que tiene.
Última cena del año a cargo de Llama Eterna. El "Artigas". Quien haya estado alguna vez en Zaragoza o habrá visto El Pilar o habrá tapeado en éste garito. Es una fórmula matemática.
Todo solera, paraíso de tapas. Únicamente hay que vigilar que no coincida el día que vayamos con algún partido importante de fútbol, porque es la Meca del aficionado garrulo. Pueden llegar a escucharse entonces unas cosas...
En fin, doy por terminado el reportaje a pinceladas del 2.014. Cuando haya sido debidamente digerido haré la crónica de Enero, que supuso la clausura de las jornadas del tapeo.
La siguiente me toca a mi. Habrá que innovar y buscar una nueva temática. Quizá restaurantes de nombre compuesto y que comiencen por J, o garitos en cuya cocina trabaje personal que sea natural de Zamora...
Algo se nos ocurrirá.
viernes, 16 de enero de 2015
viernes, 7 de febrero de 2014
Restaurante Al Kareni.
Primero fue el Mustafá y después La otra, en esta ocasión, aún a riesgo que un día terminemos afeitándonos con cimitarra ante tanto capricho gastrónomo-berberisco, Topo Indeciso nos citó en el Restaurante Al Kareni para la cena buitaka del primer miércoles de febrero -21 del mes Safar en su año 1.436 (Anno Hegirae), si se prefiere y según mis cálculos-. Son las paranoias propias que causa el rollito de hacer tantas cenas etnográficas seguidas. Es muy curioso lo de las fechas; los hindúes están ahora en 1.936, los chinos en el 4.712, los hebreos en el 5.774 y nosotros, desde que manda el PP, tenemos la sensación de sobrepasarlos a todos ellos. Aunque la época a la que les gustaría hacernos retrotraer, sin duda alguna, estaría cercana a la de los primeros. Cualquier día pillan el calendario gregoriano y lo someten a un recorte también, por aquello de cuadrar las cuentas o, mejor dicho, excusar así sus perspectivas de futuro.
Al Kareni está en la calle Don Teobaldo 14, sin un cartel en la fachada que lo revele fácilmente, aunque el arco de su entrada pone bastante sobre la pista. Esas puertas misteriosas que no sabes qué puedes encontrar adentro, un restaurante apañadete, un fumadero de opio o un decorado que igual no desentonaba para unas tomas de Casablanca... Al cruzar la entrada te impregnas de su ambiente exótico, por descontado, pero una misteriosa fobia hacia esos lugares tan sumamente recargados te sugiere la posibilidad de que tropieces en la oscuridad con una silla de montar en camello o, ocupando tu lugar a la mesa, quizá al sentarte puedas escachar unos crótalos que alguien dejó por allí. Pero no, pese a la sensación de abigarramiento en cada uno de sus rincones, las zonas de paso y esparcimiento son más austeras.
Disponen de página web, lo que me simplifica mogollón las cosas.
Cuentan con una oferta sensacional para miércoles y jueves del 50 % de descuento en el menú de su XVI aniversario, que es el que elegímos:
El cóctel consistía en 4 chupitos de vino de los que saben a florero y 10 olivas.
Cada bandeja que se muestra es para 2 personas. El primero llevaba los burritos que aquí llaman almojabanas, las patatas a la menta y, en los platos más pequeños, la crema de garbanzos y sésamo, el yogurt con menta y pepino y los pimientos con nueces.

Lo que menos me apasionó de la bandeja fue la crema de garbanzos. El queso algo suave y discreto, el yogurt interesante, los pimientos y las patatas ricas, aunque el matiz de la menta en estos platos me cuesta cogerlo de inicio. Mezclar unas cosas con otras ayuda mucho a asimilarlo todo bien. Es un avance, hasta hace cuatro días veía la menta sólo para infusiones.
Siguiente ronda para los almendrados de espinacas, pasteles de pollo y berenjenas con miel:

Me intrigaba ver en la carta la arabización de Al-mendrado, y resulta que es de esas palabras que comienzan por Al pero que no vienen del árabe. Claro que, de no haberme llamado hoy la atención tampoco habría buscado su etimología; su orígen del griego amygdale, a su vez de amyche, que significa "cicatriz" y que se supone que era lo que veían los griegos tras la corteza verde de las almendras, muchas incisiones que formaban pequeñas grietas. Cáscatela, nunca mejor dicho. Te lo creas o no, así lo explicó en su momento Herodiano de Alejandría. Si las palabras no hubiesen evolucionado lo suficiente hoy le diríamos a alguien que está mal de la almendra y podría pensar que se le está infectando una herida que ya tenía cerrada, me quedo con eso como conclusión final.
El pastel de pollo estaba cojonudo, los almendrados de espinacas pasables, pero los fritos de berenjenas con miel no me aportaron nada. Te enterabas que llevaban berenjena si los abrías, porque aquello era una masa churrera pringada de miel que no daba lugar a distinguir más sabores. Para untar con un buen chocolate a la taza, vamos.
Tiempo para el cuscús especial de la casa:
También lo encontré discretito; poco pollo y escasa salsa, deberían estirarse más con el caldo y, por qué no, acompañar también con un poco de cordero.
Bebímos 2 botellas de Viñas del Vero, cambiamos los habituales carajillos por una formidable tetera de té a la menta y canela -que aquí si que estaban generosos en el tema de los hierbajos y metieron ingredientes como para preparar una ensalada- y nos despedimos con un pequeño postre:

Conclusión: de los tres garitos árabes visitados recientemente (aunque "La otra" no sea propiamente árabe, pero tiene cierta conexión y hace unos años era una tetería) me sigo quedando con Mustafá, el libanés. No tengo la referencia de cuánto nos cobraron esa vez, imagino que más caro, pero también nos gustamos y no pedimos un menú cerrado sino que nos dejamos empapuzar por todo lo que al camarero se le ocurría. Lo que es algo muy distinto.
Al Kareni está más próximo a "La otra", y no tan sólo por su cercanía.
Al final, aplicando el descuento de los menús al 50 %, teniendo en cuenta que la bebida no estaba incluída, que se pagó también la ronda previa de cervezas y que no sé si realmente nos sentaríamos sobre crótalos o rompímos cualquier otra cosa, la cuenta salió por 100 €uracos.
¿La digestión? Pues fue un puto infierno. Ni hora y media andando tras la cena sirvieron para aligerarla.
Al Kareni está en la calle Don Teobaldo 14, sin un cartel en la fachada que lo revele fácilmente, aunque el arco de su entrada pone bastante sobre la pista. Esas puertas misteriosas que no sabes qué puedes encontrar adentro, un restaurante apañadete, un fumadero de opio o un decorado que igual no desentonaba para unas tomas de Casablanca... Al cruzar la entrada te impregnas de su ambiente exótico, por descontado, pero una misteriosa fobia hacia esos lugares tan sumamente recargados te sugiere la posibilidad de que tropieces en la oscuridad con una silla de montar en camello o, ocupando tu lugar a la mesa, quizá al sentarte puedas escachar unos crótalos que alguien dejó por allí. Pero no, pese a la sensación de abigarramiento en cada uno de sus rincones, las zonas de paso y esparcimiento son más austeras. Disponen de página web, lo que me simplifica mogollón las cosas.
Cuentan con una oferta sensacional para miércoles y jueves del 50 % de descuento en el menú de su XVI aniversario, que es el que elegímos:
El cóctel consistía en 4 chupitos de vino de los que saben a florero y 10 olivas.
Cada bandeja que se muestra es para 2 personas. El primero llevaba los burritos que aquí llaman almojabanas, las patatas a la menta y, en los platos más pequeños, la crema de garbanzos y sésamo, el yogurt con menta y pepino y los pimientos con nueces.

Lo que menos me apasionó de la bandeja fue la crema de garbanzos. El queso algo suave y discreto, el yogurt interesante, los pimientos y las patatas ricas, aunque el matiz de la menta en estos platos me cuesta cogerlo de inicio. Mezclar unas cosas con otras ayuda mucho a asimilarlo todo bien. Es un avance, hasta hace cuatro días veía la menta sólo para infusiones.
Siguiente ronda para los almendrados de espinacas, pasteles de pollo y berenjenas con miel:

Me intrigaba ver en la carta la arabización de Al-mendrado, y resulta que es de esas palabras que comienzan por Al pero que no vienen del árabe. Claro que, de no haberme llamado hoy la atención tampoco habría buscado su etimología; su orígen del griego amygdale, a su vez de amyche, que significa "cicatriz" y que se supone que era lo que veían los griegos tras la corteza verde de las almendras, muchas incisiones que formaban pequeñas grietas. Cáscatela, nunca mejor dicho. Te lo creas o no, así lo explicó en su momento Herodiano de Alejandría. Si las palabras no hubiesen evolucionado lo suficiente hoy le diríamos a alguien que está mal de la almendra y podría pensar que se le está infectando una herida que ya tenía cerrada, me quedo con eso como conclusión final.
El pastel de pollo estaba cojonudo, los almendrados de espinacas pasables, pero los fritos de berenjenas con miel no me aportaron nada. Te enterabas que llevaban berenjena si los abrías, porque aquello era una masa churrera pringada de miel que no daba lugar a distinguir más sabores. Para untar con un buen chocolate a la taza, vamos.
Tiempo para el cuscús especial de la casa:
También lo encontré discretito; poco pollo y escasa salsa, deberían estirarse más con el caldo y, por qué no, acompañar también con un poco de cordero.Bebímos 2 botellas de Viñas del Vero, cambiamos los habituales carajillos por una formidable tetera de té a la menta y canela -que aquí si que estaban generosos en el tema de los hierbajos y metieron ingredientes como para preparar una ensalada- y nos despedimos con un pequeño postre:

Conclusión: de los tres garitos árabes visitados recientemente (aunque "La otra" no sea propiamente árabe, pero tiene cierta conexión y hace unos años era una tetería) me sigo quedando con Mustafá, el libanés. No tengo la referencia de cuánto nos cobraron esa vez, imagino que más caro, pero también nos gustamos y no pedimos un menú cerrado sino que nos dejamos empapuzar por todo lo que al camarero se le ocurría. Lo que es algo muy distinto.
Al Kareni está más próximo a "La otra", y no tan sólo por su cercanía.
Al final, aplicando el descuento de los menús al 50 %, teniendo en cuenta que la bebida no estaba incluída, que se pagó también la ronda previa de cervezas y que no sé si realmente nos sentaríamos sobre crótalos o rompímos cualquier otra cosa, la cuenta salió por 100 €uracos.
¿La digestión? Pues fue un puto infierno. Ni hora y media andando tras la cena sirvieron para aligerarla.
miércoles, 15 de enero de 2014
Restaurante Carpanta.
Hay quien dice que me cebé bastante con el garito anterior y es razonable; suerte que no me cebase del todo, porque es recordarlo y entrarme apetito, qué le vamos a hacer. Y no precisamente por lo que colmaba su menú de precio astronómico.
La casualidad quiso que uno de los personajes más míticos de la cultura popular en lo que al hambre se refiere, tuviera su cabida en nuestra última cena buitaka: Carpanta, el restaurante. En la calle Vírgenes 7 de Zaragoza. Que tenga yo noticia, el único establecimiento griego de nuestra ciudad. Existe algún que otro lugar que te pinta la cosa maravillosa pero luego terminas decepcionado o te dan mucho por culo, pero esa es otra clase de griego. Allá cada uno con su postura...
Y Jinete del Viento, en su condición de Maestro de Ceremonias, optó por este sitio, no sin cierto temor a que se repitiera un episodio parecido al de la anterior cena. Pero ya se sabe, si un garito tiene buenas opiniones en Internet casi vas a lo seguro. Algo tiene el agua cuando la bendicen, gran verdad. Y no como se hubiese expresado un griego en la cena de diciembre: ἄριστον μὲν ὕδωρ ("Lo mejor es el agua").
Nos quedamos satisfechos, ciertamente. En un restaurante griego no puedes esperar que te pongan raciones pequeñas, esperas un platón, que además tiene su lógica (había que meterlo...).
Disponen de varios tipos de menú, como consta en su web, y ese afán del pueblo buitako a pedir siempre lo que parece más completo, o quizá el miedo a no quedarnos bien a gusto, hizo que eligiéramos el menú degustación para grupos de 25 €uracos, que hay que probar un poco de todo.
Una ambientación típica mediterránea pero sin saturaciones, un local pequeño, apenas siete u ocho mesas. Un servicio diligente y armonías griegas de fondo -tengo la duda si la mandolina de esta gente es aquello conocido como buzuki, que yo, en mi ignorancia, siempre he llamado balalaica. En todo caso, el instrumento ese que todo dios conoce por un viejo anuncio de la marca Andros.- que parece terminan la canción y se aceleran, terminan la canción pero se aceleran, así todo el rato. Ni siquiera tengo claro que haya silencios entre tema y tema, sino un mayor espacio en los cambios de ritmo. Hasta ahí mi resumen de la música griega, la teoría de la canción infinita.

En los entrantes nos dejamos aconsejar por el metre (odio escribir maître, aunque así lo aconseje el corrector) y disfrutamos de un Retsina Malamatina, que al parecer es un tipo de vino blanco que le meten algo de resina de pino durante la fermentación y que está cojonudo. Posteriormente caerían dos unidades de tinto Naoussa Boutari, un vino muy normalito. Un dato curioso sobre los caldos griegos, al menos en este restaurante, es que no encuentras botellas de más de medio litro. La explicación puede que esté en las propias palabras del señor Boutaris, en un reportaje que de él hay disponible en la red: "Grecia no tiene tradición vitivinícola. En cierto sentido, los griegos odian el vino, porque les recuerda su situación de pobreza después de la II Guerra Mundial. Tras la guerra, la cerveza era una bebida de lujo, una bebida en botella, mientras el vino se vendía a granel"
Puede que sea un sencillo ejercicio de marketing; véndelo como si fuera más exclusivo y en menor cantidad, que si no sólo te lo comprarán los pobres. A saber...

La tanda inicial de entrantes con sus chipirones a la parrilla con yogur de ajo, Psaropita (hojaldre relleno de pescado y marisco), ensalada de queso feta y... esa misteriosa bandeja de dos asas cuyo contenido no recuerdo ahora. Parece llevar queso y pimiento, pero no encuentro ningún paralelismo en la carta del menú...

Tiempo para las Melitzanes (berenjenas rellenas de queso), Dolmades (hojas de parra rellanas de arroz y especias), buñuelos de bacalao y su acompañamiento de paté de berenjena.
El tercer plato de la foto son salsas de yogur y pepino, y de caviar rojo la otra. Sabrosas, pero forman algo más solido que una salsa, sin cuchillo de por medio ni puedes untarlas en el pan...
Para acabar con una parrillada de carne y una musaka.
Postres con nombre de instrumentos quirúrgicos como son la Karidopita (tarta de chocolate y nueces), Baklavas (hojaldre con frutos secos y sirope) o menos rimbombantes, como la copa Carpanta o la Lesbos:


Carajillos, rato largo de tertulia con el camarero -nos dieron las tantas...- y chupitos de Ouzo Nostalgia
-cuando empezaba a quedar poco le añadímos agua y aún así acabámos la
botella. Teniendo en cuenta que Llama Eterna y Topo Indeciso se fueron
bastante antes no está nada mal-.
Sumando a todo lo anterior una ronda de cerveza previas el precio total salió por 110 €uros, es decir, sólo 10 €urillos arriba de lo que suponía ya el menú degustación.
Genial.
Nos sirvieron rápido y eso que tenían unas tres mesas más que atender, nos dieron conversación y buen rollete, y probamos platos elaborados y originales. Todo a buen precio.
Cumplió con creces mis expectativas.
La casualidad quiso que uno de los personajes más míticos de la cultura popular en lo que al hambre se refiere, tuviera su cabida en nuestra última cena buitaka: Carpanta, el restaurante. En la calle Vírgenes 7 de Zaragoza. Que tenga yo noticia, el único establecimiento griego de nuestra ciudad. Existe algún que otro lugar que te pinta la cosa maravillosa pero luego terminas decepcionado o te dan mucho por culo, pero esa es otra clase de griego. Allá cada uno con su postura...
Y Jinete del Viento, en su condición de Maestro de Ceremonias, optó por este sitio, no sin cierto temor a que se repitiera un episodio parecido al de la anterior cena. Pero ya se sabe, si un garito tiene buenas opiniones en Internet casi vas a lo seguro. Algo tiene el agua cuando la bendicen, gran verdad. Y no como se hubiese expresado un griego en la cena de diciembre: ἄριστον μὲν ὕδωρ ("Lo mejor es el agua").Nos quedamos satisfechos, ciertamente. En un restaurante griego no puedes esperar que te pongan raciones pequeñas, esperas un platón, que además tiene su lógica (había que meterlo...).
Disponen de varios tipos de menú, como consta en su web, y ese afán del pueblo buitako a pedir siempre lo que parece más completo, o quizá el miedo a no quedarnos bien a gusto, hizo que eligiéramos el menú degustación para grupos de 25 €uracos, que hay que probar un poco de todo.Una ambientación típica mediterránea pero sin saturaciones, un local pequeño, apenas siete u ocho mesas. Un servicio diligente y armonías griegas de fondo -tengo la duda si la mandolina de esta gente es aquello conocido como buzuki, que yo, en mi ignorancia, siempre he llamado balalaica. En todo caso, el instrumento ese que todo dios conoce por un viejo anuncio de la marca Andros.- que parece terminan la canción y se aceleran, terminan la canción pero se aceleran, así todo el rato. Ni siquiera tengo claro que haya silencios entre tema y tema, sino un mayor espacio en los cambios de ritmo. Hasta ahí mi resumen de la música griega, la teoría de la canción infinita.

En los entrantes nos dejamos aconsejar por el metre (odio escribir maître, aunque así lo aconseje el corrector) y disfrutamos de un Retsina Malamatina, que al parecer es un tipo de vino blanco que le meten algo de resina de pino durante la fermentación y que está cojonudo. Posteriormente caerían dos unidades de tinto Naoussa Boutari, un vino muy normalito. Un dato curioso sobre los caldos griegos, al menos en este restaurante, es que no encuentras botellas de más de medio litro. La explicación puede que esté en las propias palabras del señor Boutaris, en un reportaje que de él hay disponible en la red: "Grecia no tiene tradición vitivinícola. En cierto sentido, los griegos odian el vino, porque les recuerda su situación de pobreza después de la II Guerra Mundial. Tras la guerra, la cerveza era una bebida de lujo, una bebida en botella, mientras el vino se vendía a granel"
Puede que sea un sencillo ejercicio de marketing; véndelo como si fuera más exclusivo y en menor cantidad, que si no sólo te lo comprarán los pobres. A saber...

La tanda inicial de entrantes con sus chipirones a la parrilla con yogur de ajo, Psaropita (hojaldre relleno de pescado y marisco), ensalada de queso feta y... esa misteriosa bandeja de dos asas cuyo contenido no recuerdo ahora. Parece llevar queso y pimiento, pero no encuentro ningún paralelismo en la carta del menú...

Tiempo para las Melitzanes (berenjenas rellenas de queso), Dolmades (hojas de parra rellanas de arroz y especias), buñuelos de bacalao y su acompañamiento de paté de berenjena.
El tercer plato de la foto son salsas de yogur y pepino, y de caviar rojo la otra. Sabrosas, pero forman algo más solido que una salsa, sin cuchillo de por medio ni puedes untarlas en el pan...

Para acabar con una parrillada de carne y una musaka.
Postres con nombre de instrumentos quirúrgicos como son la Karidopita (tarta de chocolate y nueces), Baklavas (hojaldre con frutos secos y sirope) o menos rimbombantes, como la copa Carpanta o la Lesbos:

Carajillos, rato largo de tertulia con el camarero -nos dieron las tantas...- y chupitos de Ouzo Nostalgia
-cuando empezaba a quedar poco le añadímos agua y aún así acabámos la
botella. Teniendo en cuenta que Llama Eterna y Topo Indeciso se fueron
bastante antes no está nada mal-.
Sumando a todo lo anterior una ronda de cerveza previas el precio total salió por 110 €uros, es decir, sólo 10 €urillos arriba de lo que suponía ya el menú degustación.Genial.
Nos sirvieron rápido y eso que tenían unas tres mesas más que atender, nos dieron conversación y buen rollete, y probamos platos elaborados y originales. Todo a buen precio.
Cumplió con creces mis expectativas.
jueves, 12 de diciembre de 2013
Bar Restaurante Las Raices.
La instantánea es un detalle de los interiores del garito en el que celebramos la última cena buitaka del año, en Las Raíces, plantado en pleno Coso Zaragozano número 127. En ella puede observarse un espectro de Mañitú aparecido allí donde creíamos ver sólo espárragos. No me cabe duda que trataba de avisarnos de algo...
Como todo en la vida son puntos de vista diferentes y depende la visión (no me refiero a Mañitú tocado con un manojo de espárragos) de como cada uno quiera enfocarlo, para una crítica, seguramente, más objetiva que la mía, podeís encontrar opiniones como aquí, pero si preferís mi valoración personal seguid leyendo estas líneas. Además, el artículo en cuestión parece encerrar demasiada guasa que no puede ser tomada como casual; que si el cocinero se apellida Tallón, o que el propietario se llama Floren y le apodan "el rey de las verduras", y haciendo hincapié de su procedencia tudelana, que manda cogollos... Tanta relación directa daría para pensar que el periodista tuvo una infancia difícil y que Los Fruittis se la hicieron llevar mejor.
El citado artículo también recalca que la carta es muy amplía y yo lo afirmo rotundamente, proporcionalmente exagerada para más señas; las descripciones formarían serventesios si rimaran cada dos platos, pero lo que luego contemplas ahí...
Apuntar que si alguna ración parece normal de tamaño, el motivo tal vez sea que siempre tiendo a darle a las fotos mayor anchura para que luego encuadren bien en el blog...
Comencemos desde el principio, con el plato más generoso de los entrantes y menos vasto en su explicación, crema de verduras:
No seré yo quien diga que no es chic el detalle de las manchas de aceite flotando encima. Estaba rica, si, en ese instante aún era optimista respecto al menú.
Pero hizo acto de presencia la -tachaaaán!!- "cebolleta fresca estofada al Gewürztraminer de Sotomano":
Supongo que responde a un error tipográfico, fotografié la carta del menú y ponía eso exactamente, "Sotomano"; imagino que querían decir que el vino era D.O. del Somontano. O eso, o que la uva la cogen de algún soto y a mano, siento no poder concretar.
Rica estaba, por supuesto, pero era más fácil aspirarla con tu boca que tratar de agarrarla con el tenedor, y no porque resbalara con el aceite. Se podría haber sacado en un plato de carajillo de los de toda la vida, y con el vaso de café también ahí puesto. Sobra capacidad.
Siguiente exquisitez, tiempo para la "alcachofa en flor con su crema y escamas de jamón ibérico":
Lo de las "escamas" lo entendí como un buen juego de palabras; si osabas preguntar dónde estaba allí el jamón, quizá te respondiesen que alguien lo habría "pescado". Si todos diésemos el mismo uso a los perniles, fosilizarían... aunque estuviéramos toda la vida preparando cenas.
A esas alturas entendí que como plato principal tendría que haber pedido tres, pero quedaba un nuevo entrante dispuesto a enmendar toda la cena -tuturuturu!! (entiéndase como un redoble)-, la "acelga en librito rellena de foie al moscatel":
Sugerente, sutil, sublime... Sugus, ¿he dicho Sugus? Pues eso. Pero hasta los caramelos masticables duran más en la boca.
Nunca hay que desesperar, a no ser que te saquen entonces un plato fuerte llamado "taburete de carrillera de ternera braseada al vino tinto con patata asada" y te encuentres esto:
Los taburetes más comunes suelen llevar tres patas, 3 era aquí también el número mágico, pero en este caso eran como palitos de carne del contrabandista que hacía la competencia al capitán Pescanova. Una carne cojonuda de sabor, hasta estuve a punto de pedir un tupper para llevarme lo que sobrase a casa...
Brazos en Alto pidió un "bacalao confitado a baja temperatura con patatas paja y huevo poché frito":
Creí oír hasta unas voces que decían "ahí, acompañando a un huevo, lo que hay es un descojone".
Llama Eterna, que por cierto, hacía él de Maestro de Ceremonias, y Topo Indeciso eligieron sabiamente una "chuleta de Ávila a la brasa con salsa de hongos":
Como broche final (yo entonces hubiese preferido una brocheta) el postre, "buñuelos de arroz con leche y helado de canela":
El menú en cuestión tiene un nombre que pondría cachonda a una maceta (agua, tierra y sol) y cuesta 25 €uracos, eso si -ó "encima"- no están incluídos en el precio ni el IVA ni la bebida. Sumando las 2 botellas de Coto de Hayas que nos pimplamos, la ronda previa de 4 vinos y los carajillos finales salímos por 37'50 € por cabeza.
Opinión general: El servicio es lo único que puedo ensalzar del garito, gente muy atenta y sonriente, incluso un tipo recoge-migas que tienen y que parece haber sido profesor de esgrima.
Por lo demás, y respetando al que le vaya éste tipo de restaurantes (yo me habría quedado más a gusto con unos huevos rotos a poco bacon que me echaran...), me parece caro para lo que te ofrecen. A veces me da la impresión que la alta cocina es una especie de a ver quien la tiene más larga -me refiero a la carta y sus descripciones-. Si comes como un pajarillo, seguro que disfrutas tantas exquisiteces, pero para el pueblo buitako en general las "raciones testimoniales"...
Yo, dos horas más tarde, me comí una bolsa de patatas y algún que otro torrezno.
Como todo en la vida son puntos de vista diferentes y depende la visión (no me refiero a Mañitú tocado con un manojo de espárragos) de como cada uno quiera enfocarlo, para una crítica, seguramente, más objetiva que la mía, podeís encontrar opiniones como aquí, pero si preferís mi valoración personal seguid leyendo estas líneas. Además, el artículo en cuestión parece encerrar demasiada guasa que no puede ser tomada como casual; que si el cocinero se apellida Tallón, o que el propietario se llama Floren y le apodan "el rey de las verduras", y haciendo hincapié de su procedencia tudelana, que manda cogollos... Tanta relación directa daría para pensar que el periodista tuvo una infancia difícil y que Los Fruittis se la hicieron llevar mejor.
El citado artículo también recalca que la carta es muy amplía y yo lo afirmo rotundamente, proporcionalmente exagerada para más señas; las descripciones formarían serventesios si rimaran cada dos platos, pero lo que luego contemplas ahí...
Apuntar que si alguna ración parece normal de tamaño, el motivo tal vez sea que siempre tiendo a darle a las fotos mayor anchura para que luego encuadren bien en el blog...
Comencemos desde el principio, con el plato más generoso de los entrantes y menos vasto en su explicación, crema de verduras:
No seré yo quien diga que no es chic el detalle de las manchas de aceite flotando encima. Estaba rica, si, en ese instante aún era optimista respecto al menú.
Pero hizo acto de presencia la -tachaaaán!!- "cebolleta fresca estofada al Gewürztraminer de Sotomano":
Supongo que responde a un error tipográfico, fotografié la carta del menú y ponía eso exactamente, "Sotomano"; imagino que querían decir que el vino era D.O. del Somontano. O eso, o que la uva la cogen de algún soto y a mano, siento no poder concretar.
Rica estaba, por supuesto, pero era más fácil aspirarla con tu boca que tratar de agarrarla con el tenedor, y no porque resbalara con el aceite. Se podría haber sacado en un plato de carajillo de los de toda la vida, y con el vaso de café también ahí puesto. Sobra capacidad.
Siguiente exquisitez, tiempo para la "alcachofa en flor con su crema y escamas de jamón ibérico":
Lo de las "escamas" lo entendí como un buen juego de palabras; si osabas preguntar dónde estaba allí el jamón, quizá te respondiesen que alguien lo habría "pescado". Si todos diésemos el mismo uso a los perniles, fosilizarían... aunque estuviéramos toda la vida preparando cenas.
A esas alturas entendí que como plato principal tendría que haber pedido tres, pero quedaba un nuevo entrante dispuesto a enmendar toda la cena -tuturuturu!! (entiéndase como un redoble)-, la "acelga en librito rellena de foie al moscatel":
Sugerente, sutil, sublime... Sugus, ¿he dicho Sugus? Pues eso. Pero hasta los caramelos masticables duran más en la boca.
Nunca hay que desesperar, a no ser que te saquen entonces un plato fuerte llamado "taburete de carrillera de ternera braseada al vino tinto con patata asada" y te encuentres esto:
Los taburetes más comunes suelen llevar tres patas, 3 era aquí también el número mágico, pero en este caso eran como palitos de carne del contrabandista que hacía la competencia al capitán Pescanova. Una carne cojonuda de sabor, hasta estuve a punto de pedir un tupper para llevarme lo que sobrase a casa...
Brazos en Alto pidió un "bacalao confitado a baja temperatura con patatas paja y huevo poché frito":
Creí oír hasta unas voces que decían "ahí, acompañando a un huevo, lo que hay es un descojone".
Llama Eterna, que por cierto, hacía él de Maestro de Ceremonias, y Topo Indeciso eligieron sabiamente una "chuleta de Ávila a la brasa con salsa de hongos":
Como broche final (yo entonces hubiese preferido una brocheta) el postre, "buñuelos de arroz con leche y helado de canela":
El menú en cuestión tiene un nombre que pondría cachonda a una maceta (agua, tierra y sol) y cuesta 25 €uracos, eso si -ó "encima"- no están incluídos en el precio ni el IVA ni la bebida. Sumando las 2 botellas de Coto de Hayas que nos pimplamos, la ronda previa de 4 vinos y los carajillos finales salímos por 37'50 € por cabeza.
Opinión general: El servicio es lo único que puedo ensalzar del garito, gente muy atenta y sonriente, incluso un tipo recoge-migas que tienen y que parece haber sido profesor de esgrima.
Por lo demás, y respetando al que le vaya éste tipo de restaurantes (yo me habría quedado más a gusto con unos huevos rotos a poco bacon que me echaran...), me parece caro para lo que te ofrecen. A veces me da la impresión que la alta cocina es una especie de a ver quien la tiene más larga -me refiero a la carta y sus descripciones-. Si comes como un pajarillo, seguro que disfrutas tantas exquisiteces, pero para el pueblo buitako en general las "raciones testimoniales"...
Yo, dos horas más tarde, me comí una bolsa de patatas y algún que otro torrezno.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Jacinto sin flor en flor.
En el
fondo maldecía haber dado ese paso, pero consideraba que ya no tenía vuelta
atrás. Se sentía tenso, agobiado, superado por las circunstancias, como un
paciente al que le diagnostican una enfermedad terminal y le convocan a una
segunda revisión para despejar toda duda.
A punto de
cumplirse dos años desde su última relación, a Jacinto aquel reclamo no se le
pasó por alto, con que tuvo que lidiar una complicada batalla para vencer a su
timidez. Es cierto que solía frecuentar foros de contactos, pero sin más
ambición que la recreación, sin más expectativas que la simple curiosidad, como
si aquel juego tan masoquista para los sentimientos llenara de alguna manera su
alma vacía, como esperando que llegase el día que rebosaran sus niveles de
desesperación y así despertar al fin de su letargo. Y es lo que hizo ese
enigmático anuncio, sin poder dilucidar si le atraía su espontaneidad, su
información tan desordenada o el morbo de sus últimas líneas, con pinceladas de
sugestiva locura.
La
radiante imagen le aturdió por unos instantes, hasta el punto de olvidar la
verdadera razón de por qué se encontraba allí. Unas facciones de frágil muñeca
de porcelana, donde resaltaban unos ojos grandes y oscuros de mirada despierta
que contrastaban con unos labios finos, aunque sensuales. El cabello castaño,
largo y ondulado, y en su frente unos rizos caprichosos que se declaraban en
rebeldía.
“Le
detallé bastantes aspectos de mi vida. Y si es como la he estado imaginando, seguro que tenemos futuro ” –pensó, para tranquilizarse a sí mismo-.
Allí
estaba Jacinto, casi una hora y media antes, destrozando con bolígrafo los autodefinidos
de un periódico con sus trazados inquietos. Quería pasar inadvertido, y creía
que esa actividad era la mejor forma de hacerlo; un tipo sólo pendiente de las
personas que cruzan la puerta del bar siempre es un blanco fácil de las
miradas.
Disimulaba con decencia su cometido real, con la salvedad de que nadie
podía apreciar aquellas rayas y puntos anotados sin sentido sobre las casillas
de un periódico arrugado. Consultó el reloj y volvió a fijar su vista sobre la
puerta. Aún era muy pronto. Pidió otra manzanilla y se sentó de nuevo a la
mesa.
Repasó
mentalmente y por enésima vez el anuncio al que respondió por internet dos días
antes:
< En
trámites de separación. Amante del buen cine –en especial Jean Renoir y Maurice
Tourneur-, la literatura –Vargas Llosa, Echenique y Faulkner, entre muchos
otros-. También me gusta el teatro, aunque lo he descubierto hace poco. Adoro
el jazz, los paseos por la naturaleza, las cenas románticas, los juegos de
mesa… El vino blanco, contemplar las estrellas de madrugada y el sexo con
desenfreno. Siempre me entrego a las más oscuras fantasías. Si te gusta todo
esto y más, y has sido capaz de leer íntegro mi mensaje, tú eres mi hombre. Yo,
la lujuria. >
Un par de
intercambios de emails y ahí estaba, en lo que para un tipo corriente sería una
cita a ciegas, Jacinto lo transformó en un dispositivo minucioso digno de una
película de espías. Como escenario, el bar donde acudía siempre. Como cómplice,
por si la pretendienta no era de su agrado, el camarero de toda la vida; tenía
hasta establecida una señal con él para que les sacara una botella de su mejor
vino si la cosa parecía llegar a buen puerto.
Nada de
fotos previas, ni de datos comprometedores. Quizá aquello habría roto la magia
del momento, las ganas de salir hacia un mundo desconocido. Ella llevaría la
última novela de Vargas Llosa bajo el brazo, él se levantaría de su asiento
cuando preguntaran por Jacinto en la barra, si acaso merecía la pena…
Entró una
atractiva mujer con minifalda vaquera y top ajustado. Empujaba un carrito de
bebé del que asomaba un libro en su parte baja. Parecía nerviosa mientras
aguardaba a Félix, el camarero, que estaba cargando el lavavajillas. Giró la
vista atrás y su mirada se cruzó con la de Jacinto. Él tragó saliva y se rascó
las cejas, ella preguntó entonces algo al camarero. Félix debió de tener el
mismo pensamiento que su colega, ya que, casi entre carcajadas, calentó la
leche para el biberón y se la entregó a la mujer, que dando las gracias con
insistencia y sin volver a mirar hacia las mesas, desapareció por donde había
venido.
Falsa alarma.
33 minutos
para la cita.
Jacinto tenía ganas de fumar pero prefiere no salir afuera, le parecía
ya más acogedor aquel entorno. Mordisquea el bolígrafo, haciendo breves pausas
para seguir con sus garabatos.
-Vigílame el
garito, Don Juan.
Félix le
dejó una nueva manzanilla sobre la barra, se encaminó hacia el almacén y,
mirando exageradamente el reloj y mediante gestos, trató de tranquilizar a
Jacinto, que se levantó a por la infusión. Cogió los platos con torpeza y trató
de sujetar la cucharilla entre sus dedos, con la misma habilidad que cualquiera
manejaría una granada de mano desprovista de seguro. Se arrodilló a por ella, y
al levantarse notó una presencia muy cercana.
-Hola -le sorprendió una voz agradable-. ¿No está
el camarero?
La
radiante imagen le aturdió por unos instantes, hasta el punto de olvidar la
verdadera razón de por qué se encontraba allí. Unas facciones de frágil muñeca
de porcelana, donde resaltaban unos ojos grandes y oscuros de mirada despierta
que contrastaban con unos labios finos, aunque sensuales. El cabello castaño,
largo y ondulado, y en su frente unos rizos caprichosos que se declaraban en
rebeldía.
-No
tardará en…bueno, seguramente...
No pudo
evitar reparar más en su figura. Una delicada blusa de generoso escote y una
falda con pliegues que le confería un aspecto exótico y, en su conjunto, como
una deidad inalcanzable para el más común de los expertos en citas a ciegas.
Trató de encontrar un libro por alguna parte, pero no quiso distraerse de su
particular espectáculo privado y siguió igual de ensimismado.
-¿No
sabrás quién es Jacinto?
-Soy yo
–dijo entre titubeos-. Esperaba que…
La mujer
le interrumpió silenciando su boca con la palma de la mano, sonrió abiertamente
y le tomó del brazo. Le guió hasta las
escaleras que daban al comedor de la planta de abajo y descendieron ambos en
silencio, como poseídos por una suerte de ritual mágico.
Apartaron el biombo
que obstaculizaba el paso y comenzaron un ardiente intercambio de besos y caricias,
que sólo halló momento de reflexión al topar los dos con la primera mesa de la
sala. La mujer soltó una carcajada.
-No hay de
qué preocuparse –le anunció Jacinto-; a estas horas nadie puede molestarnos
aquí.
Su propia
voz le sonó extraña. Una fuerza misteriosa había vencido todos sus miedos y congojas,
y la excitación le convertía en un ser invulnerable, ajeno al propio bar, a la
situación y a toda consecuencia que le deparara. Su sentido común retozaba
complaciente entre los brazos de aquella mujer desconocida, y eso le bastaba.
Recordó el “Yo, la lujuria” aspirando su propio aliento sobre el calor de unos
senos firmes.
La mujer
pidió unos segundos de tregua y sacó un preservativo del bolso que fue colocado
entre jadeos. Una breve vacilación para acordar la postura y la maquinaria se
puso en marcha a todo gas.
La mesa estaba coja y su tambalear forzó la
aceleración, pero Jacinto no quería salir de ahí.
La mujer pasó los dedos entre
sus cabellos y le dio un suave beso en la mejilla, volvió a sonreír con aquella
expresión que ya encandilaba y, vistiéndose en apenas dos movimientos, subió
las escaleras lentamente, sin mediar palabra.
Jacinto no quiso estropear el
momento con algún comentario inoportuno.
Recostado todavía sobre la mesa siguió
contemplando su figura hasta el último escalón y observó que ella se giraba
brevemente. Subió detrás.
Ella debía
haber entrado al baño, ya en la zona del bar, así que él también decidió
asearse un poco. Jacinto se sentía dichoso por primera vez en mucho tiempo, con
el fervoroso deseo de conocer todo acerca de aquella misteriosa mujer que en
cuestión de minutos había querido rescatarle de sus infiernos. El violento
sonido del secamanos parecía tratar de indagar más a fondo en sus pensamientos;
¿Será una ninfómana sin más? Esa
fogosidad… ¿Puede haber visto algo interesante en mí, si sólo me conoce de dos
emails?
“Le
detallé bastantes aspectos de mi vida. Y si es como la he estado imaginando, seguro que tenemos futuro ” –pensó, para tranquilizarse a sí mismo-.
Abandonó
el cuarto de baño y la divisó a lo lejos en la barra, de espaldas a él. Vio que
Félix le entregaba unos cambios, después se puso a andar hacia la puerta.
-¡Hey! ¡Espera!
- ¡Oye!
La mujer
no quiso darse por aludida y salió del bar acelerando el paso, en el momento
que Jacinto llegaba al lugar de la barra que había dejado ella, y tras la que se
encontraba Félix con cara de circunstancias.
Se negaba
a ver la evidencia, y tuvo que preguntar:
-Félix, no
me jodas, no me digas que tú…
-Lo
siento, Jacinto. No creí que fuera a hacerte un mal.
-Pero,
¿Es? ¿Realmente es?
-Sí, amigo.
Es una prostituta. Hablé con ella la tarde que me contaste todas esas chorradas
de tus correos, nunca pensé que fuera a aparecer alguien que se interesara por
ti. Por lo menos habrás pasado un buen rato y a mi costa. ¿Qué coño era eso que
les contabas de tu colección de soldaditos de plomo y tu afición a los bonsáis?
Me dabas pena, joder, sentía que tenía que hacer algo. Sabía que ibas a venir
con tiempo de antelación, y el resto era bien fácil. No me digas ahora que me
lo vas a reprochar…
Jacinto
volvía entonces a su mundo, al mismo lugar donde nunca quiso estar. Aquello le
abrumaba. Contuvo las lágrimas. Pasaron minutos hasta que pudo reaccionar:
-¿Y si
estabas tan seguro de que nadie iba a acudir a esta cita porque quedaste con tu
embaucadora media hora antes?
-Ahí si me
equivoqué; lo hice por si acaso, aún seguro como estaba de que nadie
aparecería.
-¿Disculpa?
- Que esa
es la peor de las noticias. Haz el favor de girarte disimuladamente hacia tu
derecha…
-¿Qué?
-¿Ves el
tipo de la mesa de la entrada? Se llama Guillermo Esteban y apesta a colonia…
Ha preguntado por ti hace unos minutos y le he dicho que aún no habías llegado.
A mí se me olvidó el detalle del libro, pero fíjate quien si lo lleva… Ahí
tienes a tu amazona lujuriosa, Jacinto. Te pongas como te pongas, has de
reconocer que me debes una. ¿O quieres que saque aquel vino caro y celebremos
un encuentro?
A Jacinto
ya le parecieron demasiadas emociones para un mismo día. Salió apresuradamente
del bar, tanto, que estuvo a punto de tropezar con una silla muy cerca de donde
estaba Guillermo Esteban. Pudo oler su colonia involuntariamente.
Escupió.
Una vez en
la calle, gritó. Se juró no volver al bar en bastante tiempo y darse un
descanso también en sus incursiones cibernéticas..
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